La era digital: ¿Habrá “choque de generaciones”?

La era digital

¿Habrá “choque de generaciones”?
Si viviéramos en un mundo más zen dejaríamos de analizar tanto nuestro entorno y nos volcaríamos en aceptar que las cosas no son ni buenas, ni malas, simplemente son. Pero no vivimos en ese mundo, ni dejamos de analizar y encorsetar cuanta tendencia, moda o cambio se impone en nuestra sociedad. Vivimos en un mundo de expectativas. Dicen, además, que estamos protagonizando una revolución.

Existe una generación que está naciendo, ahora mismo, durante esta revolución digital. Son niños que llevan impreso el gen tecnológico. Esta generación de niños de entre dos y cinco años, que posiblemente tendrá que acudir a un museo para conocer un CD, que no concibe pantallas que no sean táctiles, y que entiende que la conectividad no depende de cables, de coberturas, ni de terminales.

La tecnología ha cambiado lo que significa educar al niño de hoy, que crece en un entorno que sería irreconocible para sus padres y abuelos. Las prioridades de los chicos ya no son las mismas. Para los nativos digitales, que han nacido rodeados de aparatos electrónicos, sus mayores logros pasan por la pantalla. No es sólo una suposición. Mientras, los smartphones, las tabletas y los ordenadores están, cada vez más, sustituyendo a la televisión.

Se trata de pequeños que adquieren esas habilidades incluso antes de ser seres autónomos. No saben vestirse por sí solos, lavarse los dientes e incluso, llevarse el tenedor a la boca.

Un estudio realizado por el grupo AVG Internet Security entre 2.200 madres de 10 países distintos, entre los que se encuentra España, recoge algunos datos de interés: el 58% de los niños de entre dos y cinco años utiliza el ordenador para jugar, el 25% puede abrir una página de Internet y el 19% maneja una app de un smartphone. El informe también evidencia que no hay diferencias significativas en cuanto a género.

De ese total el 52% sabe montar en bicicleta, el 20% puede nadar y el 11% atarse los zapatos.

Es innegable que la tecnología es uno de los pilares de la educación del presente y del futuro, y que fomentar determinadas habilidades entre las generaciones más jóvenes no sólo puede facilitar su inmersión, sino que es crucial para su posterior etapa laboral.

La dificultad radica en marcar los límites. Límites entre lo que es una lógica adaptación a la evolución que está experimentando la sociedad, y lo que supone un alejamiento (¿temporal?) de la esencia de aspectos inherentes a la condición de humanos. Pero, ¿por qué lo sensorial, lo emocional o lo experiencial no puede ser experimentado gracias a la tecnología?

La tecnología no debería de ser juzgada.

No creo que las fronteras entre estos mundos sean claras. No creo que no hacer uso de la tecnología te haga mejor o peor. Ni creo que ser un hijo de ella te haga más apático o insensible. Habrá tendencias, pero cada uno es un universo en sí mismo.

Muchos de los nativos digitales conviven en un mundo en que una gran mayoría de sus “coetáneos” no tienen acceso al agua potable, a educación básica, sufren de desnutrición o analfabetismo.

“Entender la manera en la cual un nuevo equilibrio evolucionará es posible, pero requiere de herramientas y formas de pensar a las que no siempre hemos dedicado la suficiente atención.”, expresa con claridad David Schmittlein decano del MIT Sloan School of Management.

No saben cómo es el cosquilleo de una hormiga sobre su mano, pero sí distinguen a la perfección la vibración de un teléfono móvil. Se acostumbran a obtener resultados con esfuerzos motrices mínimos, y se rinden cuando algún acto cotidiano les requiere un mínimo esfuerzo. En definitiva, se están perdiendo una parte trascendental en su infancia: la de investigar y descubrir el mundo que les rodea en primera persona.

¿Corremos el riesgo de que se forjen personalidades sesgadas? Quizá todas ellas respondan a un mismo patrón, derivado de estar sometidos a unos estímulos similares, enlatados, artificiales.

No creo que estos niños dejen de sorprenderse al ver ladrar un perro, o al sentir el viento en la cara cuando estén en un columpio, o al apagar una velita en algún cumpleaños.
Todo esto no lo sabremos hasta que pasen unos años. Ahora, los primeros síntomas son niños seducidos por la pantalla, por la magia de tocar un botón y tener ante sus ojos un mundo sin límites.

Pero, tampoco caigamos en la tentación de juzgar la tecnología. La tecnología es buena o mala según el uso que se le dé. La tecnología es buena o mala según el uso que de nosotros haga ella. En su origen fomenta la curiosidad, el instinto de superación, el interés por mejorar los conocimientos, el progreso…

Lo que sí está claro es que la tecnología no puede encorsetarse. No es bueno que los niños tengan que aprender de nosotros. Creo que el futuro no tiene dueño.

Tendremos que buscar un punto intermedio, un lugar de encuentro en el que los avances supongan un elemento añadido y de mejora, pero no condicionen el desarrollo de los sentidos, de los sentimientos, de las experiencias con nuestro entorno cotidiano. De lo contrario, la evolución tecnológica tendrá como contrapartida un retroceso en la evolución humana. O, en una de esas, una contrarrevolución.

Mientras, los niños deben estar pensando: “Disculpa sino puedo cumplir con tus expectativas… Estoy cumpliendo con las mías.”

Por: Andy Stalman

Fuente: Tendencias21

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